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Diario de un intento de runner

16 de diciembre de 2016


Siempre me han despertado mucha curiosidad las mujeres que salen a correr. He visto muchos vídeos y he leído muchos blogs donde cuentan sus experiencias. Es su manera de decir 'aquí estoy yo', se sienten realizadas e importantes. Siempre me ha llamado la atención la pasión con la que hablan, lo que transmiten. Se les ve tan seguras… Les brillan los ojos al contar. Y no lo entiendo porque yo, cuando salgo a correr, los brillos sólo los tengo en la cara. Y, encima, me suelen acompañar unas lamentables e inoportunas ganas de vomitar. 

¿Cómo puede apetecerles tanto algo que en el fondo - y en la superficie - te hace sufrir? Es más, ¿por qué aguantan y siguen haciendo algo que les causa un esfuerzo innecesario? 

Siempre me lo he preguntado y no encuentro - aún hoy - la respuesta. ¿Qué tiene el running que engancha tanto? ¿Cómo puede alguien sufrir y disfrutar a la vez? Y claro, ya decían por ahí en un programa de televisión que no es lo mismo contarlo que vivirlo, así que varias veces me he calzado las zapatillas - unas que un día compré muy baratas cuando decidí probar - y he de reconocer que nunca me había enganchado. Me llama la atención, creo que tiene muchas cosas positivas - y no lo digo yo, son patentes y están estudiadas - pero nada, que no consigo ese brillo en los ojos.

Tantas y tantas veces me he quejado de que no tengo una ruta marcada, del tiempo, de la pereza que me da, del cansancio que tengo, de la poca necesidad de salir a sufrir. Incluso, en un momento de mi vida en el que necesitaba ‘tragar’ mucho aire, hice el esfuerzo de seguir, con constancia, y al final, el flato pudo conmigo y me apartó del camino. Sin embargo, he de confesar que siempre me quedó el runrún en la cabeza. Me encantan los deportes - de hecho, trabajo en ellos - pero no soy yo de practicarlos (nunca) demasiado. Tampoco me veo dentro de un gimnasio. Salir a correr me parece fácil, práctico y barato. Pero…

Hace unos días, las voces de mi cabeza que me decían: “eres una sedentaria, el medio kilo de turrón que se supone que cada español va a comer esta Navidad tú ya te lo has comido y la Navidad aún no ha empezado; te duele la espalda porque no te mueves; etc” se hacían cada vez más fuertes. Son frases y pensamientos que recorrían mi cabeza cada vez que me sentaba en el sofá y veía Netflix durante to(oooooo)da la tarde y, encima, lo acompañaba de algo de comer. Porque es así, yo no sé sentarme sin hacer nada, la mayor parte del tiempo estoy comiendo, y en un 90%, chocolate. 

Nunca pensé que llegaría pero llegó. Ese momento en el que mi yo interior dijo: Ana, así no se puede seguir. Ahora tienes tu trabajo, tu tiempo libre, tus obligaciones. Y siempre dijiste que sería en ese momento cuando empezarías a pensar en ti. Bienvenido, momento éste es tu salto a escena. Te toca. Me toca empezar a sentirme bien. Toca que me brillen los ojos. Y ese día decidí levantarme del sofá y volver a correr. 

Reconozco que no tenía demasiadas esperanzas puestas en mí. Varios días de: “Hoy salgo”, “Venga, hoy toca”, “Mañana, sin falta”. Y así sucesivamente. Siempre encontraba algo mejor que hacer, la verdad. Hasta que llego el momento y no me puse más excusas. Para mí, el secreto, fue hacerlo sin presión. Quizá mi error en todos los intentos anteriores había sido precisamente eso, la presión, la ansiedad de querer hacerlo, de querer hacerlo bien, de querer mejorar, de buscar resultados rápidos, incluso de intentar imitar a las demás - sí, yo también quería ser una runner mona que no suda  ni se pone roja -. Que me pensaba yo que el primer día me iba a sentir mejor que nunca, que me iba a motivar, que iba a estar deseando volver a hacerlo... y más bien me dieron ganas de vomitar. Y claro, con ese recuerdo, poco más.

La vencida llegó cuando lo hice sin pararme a pensar; sin pensar ni siquiera en divertirme. Nada. Mi único objetivo es salir, hacer el esfuerzo de levantarme del sofá. Ese es mi reto. Demostrarme a mí misma que sí que puedo. Que no me puedo conformar. Que si quiero puedo. Porque sí, estoy más cómoda tumbada sin nada que hacer, y seguramente quemar zapatilla un día de lluvia no es lo más idílico. Pero no sé cómo, abstrayéndome de todo lo demás quizá, he logrado sentirme bien. No mejor, sólo bien. Con la sensación del trabajo hecho, del deber cumplido. De saber que he sido capaz de ponerme una meta y llegar hasta ella. Tan simple y tan complicado a la vez. Yo no cuento kilómetros, no mido tiempos. Simplemente corro. Paro cuando no puedo más. Aguanto un poquito más - ¡Va, hasta la siguiente farola! - Y sudo, libero endorfinas y limpio los pulmones. ¿Qué más quieres? No quiero hacerlo por obligación, no quiero fijarme retos como carreras o maratones, no quiero mejorar mis tiempos, no quiero correr más. Sólo mantener ese hábito que he incluido en mi vida y demostrarme que puedo hacerlo y que como con esto, con todo lo demás. 


Y yo ahora me pregunto… ¿Algún día me brillarán los ojos?

Os dejo por aquí también los blogs de las #mujeresquecorren que más me inspiran:

Cristina Mitre

La 'madre' de todas. Es pura inspiración. Su manera de contarlo te hace sentirte parte, vivirlo. Y consigue su objetivo: animar a las demás. Bravo por ti 

Foto: Instagram @thebeautymail 


Erica

La autora del blog 'Corro y soy mujer' es un ejemplo de superación porque empezó de la nada y ha descubierto en las carreras su gran pasión. Todo un lujo aprender con sus posts

Foto: Instagram @corroysoymujer 

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