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El viaje

14 de febrero de 2017


Te sientas y sientes. Te acomodas después de colocar la maleta, de haber cogido un libro o poner la música, consciente de las horas que quedan por delante en ese tren. Notas mariposas en el estómago al verte de nuevo en camino, buscando no sabes qué. Es esa inevitable y gustosa sensación de tener las riendas, de explorar y descubrir. De volver a encerrarte en esa burbuja paralela a la realidad en la que tu único fin es conocer, empaparte de las culturas y los lugares que visitas y que nada tienen que ver con el tuyo. 

Y mientras recorres el camino, a veces más largo y costoso de lo normal, piensas en que los viajes son un poco como la vida: un camino largo repleto de sobresaltos y dificultades pero también de sorpresas y regalos que se ponen por delante para hacernos disfrutar. Y como en un viaje, a veces nos sentimos sobrevolando las nubes creyendo que podemos con todo. En ese momento estás fuera de tu zona de confort pero te sientes tan cómodo como si estuvieras en ella. Es el aviso del momento perfecto: el que hay que utilizar para crear, para dar ese paso que nos atormenta, para empezar de nuevo o para empezar, sin más. 

A veces para viajar hay que sintetizar y meter prácticamente toda tu vida en una maleta. Una maleta en la que lo que más pesa son los sueños y las ilusiones de quien la arrastra por el aeropuerto. Esas son las ilusiones que tienes que utilizar para crecer, para creer, para avanzar y emprender. Ojalá todas esas sensaciones que experimentamos al viajar se pudieran trasladar al resto de días del año, y pudiéramos utilizarlas, en pequeñas dosis, cuando sentimos que no podemos más. 

Todos los viajes son diferentes, todos son especiales, pero no siempre conllevan coger la maleta y subirse a un avión. A veces, basta con pararse a pensar y descargar las ideas que tienes en la cabeza. Coger un libro también es una buena opción porque aquí lo único importante es no detenerse, seguir buscando en lo más profundo de ti o en el destino más lejano. Experimentar, crecer y vivir. Y también compartirlo. Compartir para que los demás se animen a emprender su viaje. Un viaje que no suele tener vuelta atrás. 

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