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La Barcelona que me gusta

18 de agosto de 2017



Me gusta respirar en Barcelona. Parece que lo hacemos en todos los sitios igual, pero no. Hay lugares donde nuestra respiración es diferente, más agitada o más calmada también. Hay lugares que nos dan paz, en los que sientes que tienes que estar. Y eso me pasa a mí con Barcelona.

En Barcelona me gusta la gente. Me gusta su diversidad, me gusta el contraste de culturas que te encuentras paseando por la calle. Barcelona habla todos los idiomas. Me gusta andar y escuchar uno diferente en cada calle, en cada rincón, en cada voz. Me gusta mirar a la gente y preguntarme por qué estarán ahí, que les habrá traído hasta la ciudad condal, si será por placer o por obligación. Si son felices ahí. Si habrán descubierto ya todos sus secretos o si siguen buscando cómo hacerlo. Porque esa ciudad es un baúl lleno de misterios, de lugares por descubrir. Nunca lo has visto todo, nunca deja de sorprender. Allí me siento grande, independiente. Barcelona me hace ser una versión mejorada de mí misma. Más yo.

Me gusta el metro. Sonrío cuando veo a la gente bajar, deprisa, casi corriendo, porque escuchan que está ahí y no quieren perderlo. El metro es una representación del mundo en miniatura; es una pequeña reproducción de todo lo que hay fuera. Se cruzan todos los caminos bajo el suelo, todos los sueños y todos los miedos pasan por ese tren. Cinco minutos viendo a la gente pasar deben convalidar como un viaje por la vida. Barcelona es todas las ciudades en una. Es un poquito de todos los lugares donde he estado, es un mucho de todo lo que me gusta. Es cosmopolita, es joven, abierta y multicultural. Es sencilla y a la vez puede hacer que pierdas el rumbo. Es Madrid, Londres o Bruselas; y es Murcia también.


Allí se anda mirando hacia arriba, aunque a la vez tengas que esquivar algún turista. Todas las fachadas de la ciudad tienen algo de especial y ninguna la has visto suficientes veces. También te puedes parar y dejar de andar. Si te miras los pies los verás temblar con el paso del metro bajo el suelo. Sentarse a tomar una clara en la terraza de cualquier plaza debe estar incluido en la lista de pequeños placeres de todo amante de los pequeños placeres. Y Barcelona tiene mar, es mediterránea Y las ciudades con mar tienen una luz especial, otro color, otro olor, otra vida. Son más profundas e inabarcables. 

Sólo ahí verás a la gente subir a ver el atardecer encima de un tejado, aunque tenga las vistas más maravillosas de la ciudad. Pasaría horas ahí, pensando, respirando, dejando el tiempo pasar y esperando a que se detenga en ese preciso instante, para que esa sensación no se vaya jamás. Otros hacen picnics y beben vino bajo las estrellas. Barcelona me ha quemado los pies y la nariz pero me ha regalado los mejores recuerdos de mi vida. Allí he reído hasta llorar y he llorado hasta agotarme. Me he sentido sola entre la multitud y acompañada cuando estaba sola. He bebido mojitos en bares con encanto y he bailado como la protagonista de cualquier peli de amor.

Barcelona cumple todos los requisitos. Como una primera cita. Siempre hay una primera vez en algún lugar que conlleva primeras sonrisas, primeras vistas, primeros atardeceres y primeros besos que recordar. Me gusta cuando bajo del tren en Barcelona. Ha llegado a su destino: ha llegado a su lugar, ha llegado el momento de disfrutar, de no pensar de más, de sentir la conexión.


  1. Mis fotos favoritas de la ciudad Condal:









 Fotos: José Raúl González Fidalgo


PD: Este post fue publicado un día después de los terribles atentados terroristas en Las Ramblas de Barcelona y paseo marítimo de Cambrils, pero ha sido escrito, poco a poco, fruto de todas mis experiencias a lo largo de los años en la ciudad condal.

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